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Los padres de los niños y jóvenes de hoy nacieron aproximadamente desde  1965. Son la generación  X y Millennials. Estas dos generaciones tienen sus diferencias, pero algo en común: desde la generación X el aumento de la inclusión de la mujer en el mercado laboral  ha generado   una nueva estructura social y familiar en comparación con las generaciones anteriores.

Para  las mujeres, esto no puede verse  sino como una conquista de libertad, de autoafirmación y autorrealización.

Ahora bien: mientras hombre y mujer están trabajando duramente en la calle, la pregunta que cabe es: ¿Quién cuida y cría a los hijos?

Con las reivindicaciones laborales femeninas también se han desarrollado estructuras de soporte: guarderías,  tareas dirigidas,  cuidadoras, los inefables abuelos.

Las familias que cuentan  con este tipo de apoyo  tienen gran terreno ganado para el cuidado de los niños, pero  en ocasiones, se descuida la responsabilidad intransferible que tienen los padres en la crianza quedándose en la retaguardia, disminuyendo su presencia y  la creación de valor.

Hay muchas familias; asimismo,  que no tienen esta red y los niños pasan a ser una metáfora del huérfano que paradójicamente tiene a padre y a madre vivos, tal como lo refiere Sergio Sinay (2016). Niños que con 10 años tienen la llave de su casa y  al llegar del colegio, se gerencian a sí mismos y  también se hacen cargo de sus hermanitos.

Por una época se trilló la frase: no importa la cantidad de tiempo que pases con tu hijo, lo importante es la calidad. Se trilló la frase y se trillaron los niños.

Las competencias parentales implican que los padres logren cuidar y educar a sus hijos mientras se promueve la socialización.

Darle “calidad” en vez de “cantidad” de tiempo ha generado distorsiones producto de una economía de  acciones de crianza. Siendo poco el tiempo que se tiene, muchos padres se debaten  entre:

  • Generar espacio para el disfrute familiar: Desde el nacimiento esto  se relaciona con el apego. Luego,  el espacio dedicado a  juegos, paseos y  ocio compartido.
  • Hacer trabajo administrativo-supervisorio:   Cuando el niño empieza la actividad escolar -que cada vez es más temprano-: ayudar y/o revisar tareas, uniformes, firmar circulares.
  • Actuar como Educadores: Decidir si la actuación del hijo es adecuada  en un momento dado para escoger y administrar  correctivos. (Idealmente a través de la disciplina positiva, aunque muchas veces no es ésta la escogida)

La verdad es que cada uno de estos ejercicios nos  hace padres y nos permite conocer y criar a nuestros hijos.

Muchas veces, ni siquiera hay debate. Escogen  alguno, a veces uno, a veces otro.

El propósito de esta entrada no es mover a los padres a la culpa sino a la reflexión y a la acción.

Si bien la forma en la que reaccionan nuestros hijos es, en muchos sentidos, individual; dependiendo de sus características de personalidad, los chicos en general requieren de sus padres tiempo y calidad .

Cuando impera una economía de acción, las distorsiones sobrevienen. Se observan padres quienes, por ejemplo,  evitan la responsabilidad de ser formadores y sólo quieren divertir. No desean  invertir el poco tiempo que tienen en momentos de tensión. La consecuencia son  hijos irrespetuosos, nacidos en ambientes de impunidad. O Padres que se casan con lo administrativo y creen que basta con tener el uniforme al día y las circulares firmadas cultivando en el niño  la tristeza  y soledad. O padres con énfasis en el cumplimiento de la norma, sin el adecuado balance entre “fortiter et suaviter” (Locución latina:lo fuerte y lo suave), generando rabia -que cuando eclosiona en la adolescencia es sumamente difícil de afrontar- O padres quienes creen que cada una de estas responsabilidades  debe ser provista por los miembros de la red de apoyo, quienes, precisamente, apoyan pero no pueden ni deben ser los padres sustitutos.

Un reto de la paternidad en las generaciones  X y Millennials parece consistir en ganarle el desafío a la falta de tiempo. Este es un quiebre por  resolver  que invita al cambio de hábitos  para ganar eficiencia y aportar de forma balanceada lo que los niños necesitan,  que son todas las tareas de crianza.

Otro reto consiste en formarse para tejer espacios de comunicación respetuosa pero anidada en los roles que cada quien debe jugar, los padres son la autoridad y también son diversión, pero cada cosa en su debido momento y en su debida ocasión. La autoridad es especialmente delicada en la adolescencia. Pero para que sea sostenible, se requiere construir el respeto y el amor desde el apego  y desde la niñez.

Para terminar, diremos que si la mujer trabaja  codo a codo con el hombre, el hombre, igualmente, necesita responsabilizarse codo a codo con su familia y con sus hijos. Calidad y cantidad  también necesitan  ser los dos codos de este nuevo cuerpo social, que sólo puede lograse con los dos miembros parentales comprometidos con su familia.