zuckember pequeño
Chiste de Calvin: Estoy aquí en contra de mi voluntad. Me rehúso a cooperar.

Estas  tres personas son fantásticas, no esperen encontrar aquí ninguna revelación de algún desliz moral sobre ellas. Son admirables y sin sus aportes no estaría hoy escribiendo en esta computadora, escogiendo mi tipo de letra ni colgando el producto final en Facebook.

Los tiros van por otro lado. Tengo la suerte de ser psicóloga y coach. Parte de mi ejercicio profesional se relaciona con dificultades académicas por las que transitan jóvenes estudiantes.  En los ambientes escolares, los padres de estos chicos suelen estar muy preocupados por su bajo rendimiento mientras que los muchachos, relajados, no se dan mala vida (o eso creen).

Y ante la inquietud de su padres, los muchachos se defienden con las clásicas preguntas: —¿No saben que Steves Jobs apenas estudió pocas materias en la universidad? ¿Y qué hay de Bill Gates? y ¿Mark Zuckerberg? —Nunca se graduaron. Fin del comunicado.

Así es como estos nombres escribieron  con acero inoxidable en  la mente de estos  chicos que no se necesita estudiar para triunfar.

Es divertido pensar en que, si esa   fuese la regla, no habría razón para que este trío fuese tan nombrado —en este contexto—.

Cuando revisamos los datos estadísticos,  el  mito  de que estudiar sobra, se diluye.

En el 2012, un estudio del Centro Nacional de las Estadísticas para la Educación en USA, mostró que el salario promedio para los graduados universitarios era $16.000 más que aquellos que solo se quedaron con el diploma de secundaria.

Para la mayoría de nosotros, estudiar es la manera de proveernos de un mejor futuro.

Los jóvenes que  usan estas evidencias son muchachos cansados del esfuerzo en materias exigentes, como las celebérrimas tres Marías: Matemática, Física y Química o están  agotados de algunos profesores que logran dormirlos con los ojos bien abiertos. Muchos son también militantes de la enmienda millennial que reza: no debes hacer nada que te haga infeliz (como si el placer de recoger los frutos de una buena cosecha no requiera de  una ardua siembra).

Al convocar a estos tres nombres, encuentran la excusa perfecta para  cultivar la ficción del éxito sin instrucción, tirar a la papelera a las Marías y al profesor sedante y mantener la búsqueda de una felicidad con los pies de barro.

Sin embargo, si pescamos algunos detalles de la vida académica de estos tres  grandes, veremos, por ejemplo,  que Bill Gates y Mark Zuckerberg ingresaron en Harvard. Entrar en esta universidad no es de las cosas  que te ganas en una bolsa de Doritos.

Gates obtuvo una puntuación de  1590 de 1600  en la prueba de aptitudes SAT  para su ingreso en 1973.  Recordemos que las pruebas de aptitud  preuniversitarias están llenas de problemas que solo se pueden responder con los conocimientos adquiridos con años y esfuerzo en la secundaria.  Miremos un poco más a Gates,   quien en su segundo año en Harvard, desarrolló un algoritmo de Combinatoria en su clase de matemáticas que  mantuvo por 30 años el récord de ser la solución  más rápida. Ese muchacho no perdía tiempo masticando chicles.

Démosle el turno a Zuckerberg. El padre de Mark le enseñó las bases de la programación de software al comienzo de su secundaria, luego le contrató un tutor particular. Entre otras cosas, el joven  desarrolló un  programa para conectar las computadoras del negocio de su padre con las de su casa, lo llamó ZuckNet. Y por sorprendente que parezca Zuckerberg se inscribió en una materia de software en una universidad cercana a su casa, Mercy College,  antes de culminar  la secundaria.

Este párrafo destila sed de conocimientos y ahínco. Por ningún lado se ve la lotería de éxito sin  los ingredientes de estudio y esfuerzo.

Steve Jobs, por su parte,  ingresó en Reed College.  Al verificar el promedio del índice académico (GPA) de los estudiantes que logran ingresar allí, encontramos que éste es de 3.9 de un máximo puntaje de 4.0. Lo que convierte a Reed en una universidad altamente competitiva que ingresa a jóvenes muy estudiosos en sus filas. Nada de ocio.

Un tema que sí atentó contra  la permanencia de Jobs  en Reed fue el de  sus costos, él no quería que sus padres invirtieran todos  sus ahorros en ella. Para atontar aún más  al mito que nos ocupa,  diremos que   una vez fuera de Reed,  Jobs volvió a ver clases como oyente en algunas materias. Fue  bajo esta figura que tomó las famosas clases de caligrafía, fundamentales para la variedad de tipos de letras con las que  contamos hoy en nuestras computadoras.

Así que citar a estos hombres como demostración de que estudiar no es necesario para triunfar  es una verdad a medias.

Ellos complementaron conocimiento con tesón. Estaban más avanzados que el status quo de su época, por eso  terminar la universidad no les hizo falta, pero sus cabezas estaban llena de información, de ímpetu y una desenfrenada creatividad.

Lo mejor de ellos ya lo sabemos, disfrutamos y agradecemos. Lo peor; sin embargo, -y sin que tengan responsabilidad alguna en ello- es haberse convertido en el reloj que hipnotiza a tantos  jóvenes que tergiversan  su ejemplo para terminar siendo  el arma sorda  que boicotea su futuro.

De manera que si los jóvenes desean construir un futuro que brinde oportunidades necesitan aprender a bailar con las  severas Marías, encontrar la fórmula para mantener la vigilia con el profesor soporífero -a lo mejor intentando entender de lo que habla, obra el milagro- y disfrutar de la recompensa que se construye con trabajo.

Se trata de estar alerta contra los seductores espejismos hedonistas y darle la bienvenida al esfuerzo.